La ciudad duerme sobre colchones de humo.
Yo soy el testigo silencioso de su asfixia.
Bajo los puentes donde el frío muerde,
las vidas rotas buscan un fuego que no existe.

Las farolas parpadean como ojos enfermos,
velando el descanso de los desterrados.

No hay cantos de sirenas en este río de asfalto,
solo el rumor de motores lejanos
y el crujir de cartones en la noche helada.
Aquí sobrevive el que aprende a ser piedra.