El silencio del astillero no es la ausencia de sonido; es una acumulación de quejidos metálicos, del batir del agua salada contra el muelle podrido y de pasos invisibles que rebotan en los hangares vacíos. A las tres de la mañana, Esteban ya no sabe si patrulla un cementerio de barcos o su propia memoria.
Su linterna apenas corta la neblina densa que entra desde la bahía. Ha aprendido a leer las sombras. Hay una que se mueve cerca de las grúas abandonadas, pero nunca hay nadie al llegar. La soledad prolongada de las guardias nocturnas empieza a cobrar su tarifa en cordura.