Caminar sin rumbo por los arrabales no es una pérdida de tiempo; es un método de exploración literaria. La deriva, teorizada por los situacionistas, se convierte en manos del escritor realista en un bisturí para cortar el tejido de la ciudad mercantilizada.

En los márgenes de las autopistas, en las fábricas en ruinas y en las cantinas de mala muerte es donde se gesta el verdadero lenguaje de la época. Analizo las crónicas de vagabundos y paseantes urbanos que convirtieron el asfalto en su biblioteca principal.