Nadie sabía de dónde venía. Aparecía a las seis de la tarde, justo cuando el sol caía tras las chimeneas industriales de la fundición, y se colocaba en la esquina de la tercera avenida. Su estuche estaba desgastado, con las bisagras oxidadas y la felpa roja comida por las polillas.
Comenzaba a tocar. No tocaba piezas clásicas ni melodías alegres. Eran acordes largos, melancólicos, ruidos ásperos que imitaban el llanto del viento entre las vigas metálicas. La gente pasaba apresurada, esquivando su figura encorvada. Pocos dejaban caer una moneda. Pero él no miraba el dinero.
Una noche, la policía desalojó el callejón. Encontraron el violín tirado, intacto, pero el hombre había desaparecido, dejando únicamente un rastro de ceniza templada sobre los adoquines.