Tomás masticaba despacio. El pan duro sabía a polvo y a óxido de las minas. Llevaba veinte años respirando la neblina negra del socavón, y el sabor del carbón ya formaba parte de su saliva, de sus dientes, de sus sueños.

Su esposa le servía sopa aguada en silencio. En la mesa faltaban tres platos; los hijos ya se habían marchado a buscar fortuna a la capital, huyendo de la mina. Pero Tomás sabía que nadie huye de su sangre. La capital solo les daría otros tipos de hollín: el de los motores y el del asfalto.

Esa tarde, cuando sonó la sirena de alarma del pozo tres, Tomás no corrió. Apagó su cigarrillo y bajó lentamente. Sabía que la tierra siempre reclama lo que es suyo.